03 marzo 2011

Arte, realidad... y todo lo demás

Decía el inspirador de este título, el visionario y gran escritor Aldous Huxley, que “la experiencia no es lo que le sucede a un hombre, sino lo que ese hombre hace con lo que le sucede”. Y viene a cuento porque en este pasado muy cercano, de brillantes inversiones, de sueños de vacas gordas, de cuentas de lujosos restaurantes pagadas por plástico de oro, hubo un ascenso y proliferación en el mercado de vinos sofisticados y caros, cuyo precio rozaba ese listón tan peligroso de los 100 euros. Los había que tenían la justificación de la calidad, de lo exclusivo, entre ellos también se colaron algunos disfrazados de “vinos de pago” (y tant, que diría mi amigo Agustí) u otros, como de “alta expresión” o de “gran selección por la gloria de mi madre” y otras vainas por el estilo. Alguno de esos pensadores comerciales creía que por poner un precio a la altura de la luna se acrecentaba la fama de vino y bodega y, además, su producto era mucho más respetado. La situación actual del vino mundial, en especial del vino español, confirma que algo hemos hecho mal -y no solamente los comerciales a los que aludo, sino todos los implicados del sector- para que el consumo del vino, otrora alimento primordial para nuestra dieta mediterránea, haya caído a cotas alarmantes. Las prácticas pasadas de alejar al consumidor nos deben servir para extraer esas experiencias que señalaba el sabio Huxley. Parece que los tiempos de los vinos “inalcanzables” han amainado para dar paso a vinos más “bebibles” o, mejor dicho, más entendibles. Por ello traemos, para pasar estas fiestas, grandes vinos a precios razonables, cuyo monto no supera los treinta euros. Esperemos que el gran juez que es el consumidor aprecie la realidad de que el vino español sigue contando con un precio realmente imbatible en el concierto internacional.