12 enero 2007

La Copa Adecuada

Los interesados en un vino analizan detenidamente su color, aroma o sabor, pero no siempre aplican el mismo cuidado para elegir la copa, el mensajero imprescindible para trasladar el mensaje del vino. Como manifiesta Georg J. Riedel, décima generación de vidrieros, con treinta años al frente de esta afamada y selecta casa austríaca, «cualquiera que ponga en la cata todos sus sentidos puede distinguir la diferencia que hay bebiendo un mismo vino en copas diferentes, cómo cambian los aromas, el sabor, la textura, según la forma y el tamaño de la copa, el diámetro de la embocadura...» Cada vino tiene su exclusiva mezcla de cualidades: fruta, acidez, minerales, taninos, alcohol, basada en la variedad de la uva, en el clima y en el suelo donde creció. Estudiando las diferentes características de cada uno de los varietales, Riedel ha logrado que sus copas lleven el vino a la nariz y la boca de la manera más transparente y efectiva. Desde el instante en que el vino se sirve, comienza su evaporación, y sus aromas ocupan rápidamente la copa, en capas, de acuerdo a su densidad y peso específico. Con un poco de atención, pronto comprendemos que una copa es algo más que eso, que se trata de un instrumento de placer y de análisis.
Ni que decir tiene, pues, que tanto el aficionado como el profesional de la restauración deberían poner tanto esmero en la elección de la copa como lo hacen con el vino. Grandes vinos, atesorados pacientemente en nuestras bodegas o comprados con no poco sacrificio para la ocasión, acaban defraudándonos muy a menudo por culpa de una copa que no supo estar a su altura. ¿Qué copa? Pues de cristal sin ningún color, ni grabaciones, ni tallas. Del cristal más fino posible, para que el contacto con los labios sea apenas un beso robado.